Al principio de todo, hubo NADA.
Después, oscuridad.
Y, al fin, pude levantar la mirada. Y entonces... lo vi. Me vi.
Primero fue un frío intenso, que dejó paso a un extraño nerviosismo. Y luego, hubo una luz. Y me vi. Me vi reflejado.
Era yo, con la mirada perdida.
Pero después de todo, ahí estaba, con toda mi fuerza y toda mi esperanza. Me vi. Y al fin… sonreí.
¿Sabéis que es eso que se siente cuando te ves a ti mismo sonreír? No sabría decir en que parte del camino me encontraba. Pero me daba igual, ¿sabéis por qué? Pues porque sonreía. Después de todo… sonreía, y con eso era suficiente.
Así que, cogí aire. Cerré los ojos. Respiré. Me puse mi americana y salí fuera.
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